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El año pasado jubilé mi viejo portátil HP, a punto ya de cumplir los siete años (él, no yo), agradeciéndole mucho los servicios prestados y no tanto los dolores de espalda, que las 17 pulgadas no perdonaban. No, yo tampoco sé en qué estaba pensando.

Al empezar a configurar mi nuevo MSI recordé que llevaba unos meses viendo pasar artículos y tweets hablando de Firefox Quantum, pero sin decidirme a probarlo, y… ¿qué mejor momento que con un sistema operativo limpito? Así que, sin anestesia ni nada, con el portátil nuevo llegó también un navegador nuevo.

Como se puede observar, en aquel momento no tenía ninguna razón de peso para cambiar de navegador, más allá de ver qué tal le había ido a mi viejo amigo Firefox, pero poco a poco el tiempo se ha ido encargando de darme esas razones que necesitaba (¡gracias, tiempo!). Eso sí, si queréis saber con un poco más de detalle por qué no he vuelto a Chrome, vais a tener que tragaros antes una pequeña batallita. O bueno, vale, si queréis podéis darle al botón de [Skip Intro]. No diréis que no os cuido.

Los que ya peinamos canas recordamos con espanto los tiempos en los que Internet Explorer dominaba el mercado de los navegadores (revisando números, he llegado a ver hasta un 96% de uso en 2002, que me parece un poco exagerado, pero se non è vero, è ben trovato). Microsoft, ante semejante dominio, decidió que ya que tenía prácticamente a todos los usuarios, ¿por qué no inventarse también sus propios estándares?

Eso llevó a una época maravillosa (no) en la cual uno intentaba buenamente poner en pie una web, la probaba en su navegador de cabecera (Netscape, Opera, Firefox, lo que fuese) hasta que tuviera buena pinta… para luego probarla en Explorer, y comprobar que aquello era, invariablemente, EL HORROR.

Todo el contenido descolocado (si tenías suerte y se veía), miles de errores de JavaScript (como ahora, pero más), cosas aparentemente triviales que, oh sorpresa, no estaban soportadas… para, después de unas cuantas horas de darte cabezazos contra cosas, acabar con un código lleno de condicionales y/o con webs la mitad de bonitas y funcionales de lo que deberían ser, sólo porque a Internet Explorer no le gustaban.

 

Momento en el que probabas la web en Internet Explorer (dramatización)

 

Afortunadamente aquella oscura época ya pasó y sólo quedan algunos vestigios, como esas fantásticas páginas de la administración que para poder realizar según qué trámites siguen recomendando usar “Internet Explorer 6 o superior”.

Pero el caso es que últimamente tengo la sensación de que estamos empezando a volver a un momento parecido: ya el año pasado había quien se preguntaba si no estaba Google Chrome convirtiéndose en “el nuevo Explorer 6”, y noticias como que Microsoft se pase a Chromium o que Google podría haber estado saboteando Firefox durante años no hacen más que confirmar esa sensación.

Sólo este detalle ya debería ser suficiente para pensar en pasarse a otro navegador, pero hay otro más: en todos los meses que llevo utilizando Firefox, no recuerdo haber echado de menos Google Chrome ni una sola vez.

Firefox es estable, rápido, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón. Perdón, que me lío. Decía que Firefox es estable y rápido, muy rápido. Se sincroniza sin problemas en varios dispositivos, sus herramientas para desarrolladores son al menos tan buenas como las de Chrome (si no mejores), se preocupa más por tu privacidad (es fácil preocuparse más por tu privacidad que un producto de Google, but still)… y, además, usándolo pones tu pequeño granito de arena para tener una web más un poco más libre. ¡Son todo ventajas!

Así que nada, si este artículo ha conseguido despertar aunque sea mínimamente tu curiosidad, haz la prueba: bájate Firefox y pruébalo unos días. Quién sabe, lo mismo empiezas así y acabas quedándote. Pasa en las mejores familias 🙂

Pequeño disclaimer: todo este artículo está escrito desde mi experiencia personal. Ni la fundación Mozilla ni el zorro panda de Firefox ni nadie relacionado con ellos ha tenido nada que ver. Ahora bien, si resulta que acaban leyendo este artículo y se empeñan en mandarme un jamón, no pienso ofrecer ni un poquito de resistencia.

Gonzalo Rodríguez Píriz

Odio escribir biografías. Me gusta programar, jugar a cosas, ver series y darle la brasa a la gente para que juegue a cosas y vea series. This is the pencil of Esther Píscore.